Sandra Bruno
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Sandra Bruno

Experta en Grafología Empresarial aplicada a la selección y gestión de RRHH

No hay duda: somos un milagro de la naturaleza.

La vida en sí es un milagro: nacer con un chillido y desarrollarse con todo lo imprescindible para ver, oír, tocar, saborear, oler, respirar, andar, sentir y pensar, hasta reírnos, comunicarnos y emocionarnos, me parece un verdadero milagro de la naturaleza, la verdad.

Por muy mal que nos lo pinten, me sigue pareciendo que el ser humano es el ente más complejo y maravilloso que se ha creado hasta ahora, con sus defectos y sus virtudes, perfecto engranaje de carne, sangre, huesos, tendones, músculos, órganos de todo tipo, etc. además de su obra maestra: el cerebro humano, siendo el órgano más complejo y fascinante habido y por haber.

Pero parece que cada vez más se aboga por el lado imperfecto del ser humano. Nada más referirnos a la invasión masiva de los medios tecnológicos en nuestra forma actual de vivir y de relacionarnos. El acceso a Internet y a las redes sociales se han convertido en imprescindibles en el mundo laboral e institucional, y casi nadie puede concebir su día a día sin teléfono móvil cuando hace apenas 20 años tener uno era una novedad…y por supuesto que los que existían no tenían acceso a internet. Sin duda, las cosas han cambiado.

Que conste que la palabra cambiar no me asusta en absoluto, hasta me gusta, porque cambiar es sinónimo de adaptación y evolución…pero: ¿qué está pasando con ese auge tan descontrolado de las tecnologías? Sinceramente, ¿estamos evolucionando o más bien involucionando?

Sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, hemos creado un mundo de dependencias y ansiedades. Nos hemos condicionado la existencia hasta un punto insospechado. Vivimos en el mundo de la inmediatez, donde todo tiene que estar hecho, contestado y ponderado en el acto… ¿y así pretendemos tener una sociedad mentalmente sana y feliz? ¿Nos da realmente tiempo a reflexionar y mantener una actitud crítica frente a todo lo ocurrido? Aunque un mínimo de estrés (o estrés agudo) es necesario para reaccionar y sobrevivir, e incluso saludable para avivar nuestra memoria, el riesgo de caer en un estrés crónico está enfatizado en la sociedad de la inmediatez que hemos creado. Y es cuando empiezan a aparecer los primeros signos de peligro para nuestra salud.

“La verdadera felicidad es disfrutar del presente sin depender ansiosamente del futuro” (Séneca).

Ya lo avecinaba Heidegger: la tecnología puede deshumanizar al ser humano. Nada más prestar atención a las siguientes frases de este gran tecno-pesimista, pero visionario en algunos aspectos:

El pensamiento se traduce tan escasamente como la poesía. Como mucho puede transcribirse. En cuanto se hace una traducción literal, todo resulta alterado”.

“Muy pronto la televisión, para ejercer su influencia soberana, recorrerá en todos los sentidos toda la maquinaria y todo el bullicio de las relaciones humanas”.

Cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre como fantasmas las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?”.

Cierto es que esta sociedad de la inmediatez en la cual vivimos me hace plantear muchas preguntas y me genera muchas dudas: ¿realmente estamos preparados para vivir a través de máquinas? Y más allá: ¿Debemos estar preparados para vivir a través de máquinas?

Si algo precisamente nos caracteriza es nuestra milagrosa imperfecciónno somos máquinas perfectas sino que somos el puro reflejo del milagro de la vida.

Hemos de reconocer que hay sectores donde la IA (Inteligencia Artificial) es de especial utilidad como en la Sanidad, para curar lesiones cerebrales por ejemplo, y en otras tareas más rutinarias y repetitivas, pero la supremacía de la IA en sectores como el laboral puede ser hasta peligrosa. La idea de utilizar robots para realizar los primeros filtros de selección de personal ya está haciendo sus pinitos (existen de hecho programas informáticos como el ATS –Applicant Tracking Systems– que en función de ciertos parámetros y palabras clave ponderan de forma automática a los candidatos –sin tener en cuenta sinónimos o descripciones de esas palabras clave, y omitiendo información que no esté metida en el orden preestablecido– e incluso robots de aspecto humano y con nombre propio, como si se tratase de una persona, que se encargan de reclutar a gente para puestos de alta rotación), aunque en teoría se dejarían las decisiones finales sobre la contratación para los humanos. Aún así, se trataría de entregar el cuidado de los recursos humanos a manos NO HUMANAS. Un propósito que se convierte, bajo mi punto de vista, en un absoluto despropósito. ¿Para cuándo entonces ser despedido por un robot?

La grafología precisamente permite no solo seleccionar a un candidato final o evaluar a un candidato propuesto para un puesto, sino también interviene en las fases iniciales del proceso de selección, pudiendo realizar una primera criba rápida y eficaz. A la técnica grafológica no le basta fijarse en palabras clave, sino en el estudio de rasgos de escritura que permiten hacer una primera criba eliminatoria. Así, no solo se gana tiempo y dinero, pero también y sobre todo se gana en EFICIENCIA (ver mi artículo http://www.sandracbruno.com/ventajas-la-grafologia-empresarial-los-procesos-seleccion/).

En el informe de Adecco titulado “El futuro del trabajo en España”,  el 65% de los profesionales que se dedican a los RRHH opinan que la automatización acabará con empleos en la misma medida que los creará.

Además, según el mismo informe, la forma de reclutar personal también cambiará debido a la automatización, ya que los nuevos criterios de selección variarán de forma drástica. Así, criterios relacionados con las habilidades personales (92,5%), las actitudes (82,5%) o las habilidades técnicas (60,4%) serán algunos de los más solicitados.

Y precisamente, como grafóloga empresarial, puedo garantizar que estas citadas competencias consideradas como fundamentales para superar un proceso de selección como las habilidades personales y las actitudes del candidato se analizan, y de forma bastante exhaustiva precisamente, a través de la escritura. Mejor dicho, la grafología tiene un peso considerable en la evaluación de las competencias claves requeridas para un puesto de trabajo concreto.

Sustituir a una persona por un robot para ponderar dichas competencias hace que se desaproveche mucho talento (de eso no me cabe la menor duda) y no solamente eso, porque creo que de alguna forma se desprestigia así el trabajo y dedicación de unos profesionales expertos en la materia. ¿Esa elección estaría motivada por una simple razón económica? Seguramente que sí, pero dudo entonces que se encuentre de este modo al mejor candidato para el puesto en cuestión. Y, lo que es peor, dudo de las razones encubiertas que hay detrás del manejo de nuestros datos en un mundo laboral cada vez más digitalizado y deshumanizado.

Además, ante el argumento de apostar por la inteligencia artificial para “descargar” la parte de automatización de algunos puestos de trabajo y así “potenciar la creatividad” del trabajador, yo contestaría lo siguiente, basándome en mis conocimientos como grafóloga: al igual que existen personas hechas para la acción y de temperamento activo y dinámico, las hay que disfrutan realizando tareas más rutinarias y monótonas. No pretendamos colorear el mundo de azul, cuando existen muchos más colores que piden ser también vistos, como lo demuestra el arcoíris. Además, se es o no se es creativo, no nos engañemos. Porque eliminemos la parte más rutinaria de un trabajo, el trabajador no va a ser más creativo. El que lo es, lo será siempre y el que no, poca probabilidad tendrá de serlo. En todo caso, lo más seguro es que eche en falta la parte más rutinaria de su trabajo.

Todas estas reflexiones me hacen apuntar hacia la esencia de la relación humanos-robots: una cosa es tener una herramienta y otra bien diferente es saber usarla y según con qué fin. Al final, nos estamos topando con una problemática que va mucho más allá y que se llama ÉTICA. Quizás no fuera tan descabellada la idea de supeditar toda máquina o todo algoritmo a una ética basada en unos principios fundamentales que salvaguarden la existencia humana, una especie de “diez mandamientos” de la relación humanos-robots. En todo caso, no hay que olvidar que la tecnología ES UN MEDIO, Y NO UN FIN.

Nunca se podrán igualar rasgos típicos de nuestra condición de ser humano como nuestra cultura, nuestras vivencias, nuestra intuición, nuestra creatividad, nuestra capacidad de razonamiento, de aprendizaje y comprensión, capacidad de adaptación, incluso nuestro tipo de carácter (extravertido/introvertido, habilidades sociales, afectividad, altruismo, idealismo, espontaneidad)…en fin, todo lo que nos hace milagrosamente ser únicos e irrepetibles.

Porque somos eso: SERES HUMANOS, porque representamos el milagro de la vida, porque el robot que se cree para imitarnos siempre dependerá de otro humano, porque los Recursos Humanos deben ser HUMANOS, o al menos pretenderlo. Por todo ello precisamente no podemos dejar nuestra esencia humana a un lado.

“La tecnología es un siervo útil, pero un amo peligroso. (Christian Lous Lange)

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