Sandra Bruno
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Sandra Bruno

Experta en Grafología Empresarial aplicada a la selección y gestión de RRHH

Sí, todos los mayores han sido jóvenes alguna vez. Y no es menos cierto que poca gente se identifica con la edad biológica que tiene.

En una sociedad donde la edad de jubilación se ve cada vez más retrasada, rozando ya los 70 años, cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿a qué llamamos ser mayor en esta sociedad, o senior a nivel profesional?

Lo de ser joven o mayor va más allá de la edad. Ya se sabe que es ante todo una cuestión de actitud. Sino preguntémosle a cualquier profesor/a, investigador/a, escritor/a o científico/a que se precie y que nos conteste si la calidad de su trabajo se va deteriorando con los años…estoy absolutamente convencida que diría incluso que la relación funciona a la inversa. A mayor edad, más conocimiento, no solo de su entorno sino de sí mismo/a y, por ende, mayor aplomo en sus decisiones y en la ejecución de sus labores diarias. O sea que de deterioro laboral, nada de nada. A no ser que hablemos de deportistas de élite o de trabajos demasiado físicos e incluso insalubres, la relación edad-trabajo se va fortaleciendo con los años y con la práctica. Incluso la creatividad se va desarrollando con el tiempo conforme nos vamos liberando de nuestras ataduras sociales y damos la bienvenida a nuestros pensamientos más profundos.

Paradójicamente, a nivel laboral, las cosas se quiebran creando una barrera ficticia de 45 años a partir de la cual cualquier trabajador/a es considerado/a sénior, es decir mayor y, consecuente y erróneamente, asociado/a a una oveja negra. Considerando que la media de vida en España supera ya los 80 años, crear un muro a partir de los 45 años resulta como menos asombroso, sino absurdo.

El caso es que esta sociedad se quiebra bajo el peso de su población contando con mayor esperanza de vida y, paralelamente, con necesidad de trabajar. Necesidad vital pero sobre todo laboral porque, al retrasarse la edad de jubilación, agudizamos la necesidad de crear puestos de trabajo para esa franja poblacional.

Pero vamos más allá: si a los profesionales de 45 años, se les denomina “mayores”, ¿cómo deberíamos llamar a la gente de más de 60 años, a sabiendas que esa gente está aún en la edad de trabajar (y mucha de ella deseándolo además, siendo más que capacitada para ello)? Se nos llena la boca al hablar de juventud, pero ¿cuándo se deja de ser joven y cuándo se empieza a ser mayor a nivel laboral? ¿No es una forma indirecta de plasmar nuestros propios prejuicios al respecto?

Además, nunca se nos olvide que la discriminación por edad es no solo carente de ética sino además absolutamente inconstitucional. Un largo y complejo debate se abre frente a esta fractura social que no hará más que acusarse con los años. Como no le  plantemos cara ya, los jóvenes de ahora se verán quejándose el doble o el triple dentro de 20 años, o al menos lo padecerán de una forma aún más visible y cruel.

Porque cruel es pensar que se les niega un puesto de trabajo a profesionales cuya valía profesional y humana ha sido más que demostrada y que por una razón de edad se quedan a las puertas de una mejora de su vida laboral. Cruel es ver cómo los ex-jóvenes que se comían el mundo hace solo 15 años ven cómo unos simples prejuicios sociales les comen las ganas de luchar. Cruel es ver cómo por edad se rechazan a verdaderos talentos por gente que dentro de unos años verán también mermados sus derechos por otra gente que obedecen fielmente a unas normas internas llenas de prejuicios.

Alargar la vida laboral de la población no es viable sin unas medidas de empleo correspondientes, no solo a nivel público, sino también privado, sin lo cual todo ello se está convirtiendo en un cuento. Abrimos una cueva que solamente deja entrar a algunos, y el resto en cola delante de la dichosa cueva. ¿Y qué pretendemos hacer con esa gente en cola? ¿La dejamos entrar en la cueva poco a poco abriendo otras puertas, o les dejamos ahí sin más, sin posibilidad de dar marcha atrás y buscarse otra cueva? No sería mejor facilitarles la manera de entrar dándoles los medios para poder hacerlo? Porque la gente no pide ser asistida, sino ser partícipe de esta gran partida de ajedrez en que se está convirtiendo la vida laboral.

Esto sería un juego de mal gusto o incluso un cuento con mal final si no fuera porque es la realidad que nos toca vivir a cada uno de nosotros como trabajadores de una sociedad llena de prejuicios.

España no se ubica demasiado bien en este sentido: cuando la media europea de empresas que cuentan con algún tipo de plan para atender a esta franja poblacional sobrepasa el 50%, en España la media no llega al 30% (Soto, J.M., 2018). Y el resultado es demoledor:

  • Tienes 25 años y quieres trabajar pero no tienes experiencia.
  • Tienes 45 años y quieres seguir trabajando pero estás «sobrecualificado» y tienes demasiada experiencia.
  • Tienes 60 años y necesitas trabajar para lograr una pensión digna pero eres demasiado mayor y te rechazan las empresas.

¿Cómo salir airoso de esta encrucijada?

No tengo la solución milagrosa, lo que sí tengo es la convicción de que si entre todos ponemos nuestro granito de arena, viendo que los jóvenes de ayer son los mayores de hoy, que los jóvenes de hoy serán los mayores de mañana, y que mañana asoma ya por nuestra ventana, podemos llegar a borrar muchas huellas negativas y empezar otro camino.

Un camino donde no hay jóvenes ni mayores, sino PERSONAS y multitud de TALENTOS. Porque no se nos puede olvidar lo siguiente: no hay botox que valga para la falta de talento, porque el talento no se arruga NUNCA.

Fuentes bibliográficas

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