Sandra Bruno
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Sandra Bruno

Experta en Grafología Empresarial aplicada a la selección y gestión de RRHH

¿Qué y, sobre todo, quién se escondía detrás de la indiscutible y explotada belleza de la actriz Marilyn Monroe?

La que dijo: “Esperar la vejez para que, con los años, puedan desnudarse inteligencia y sensibilidad, para que se vea la belleza del alma, cuando se vayan la del rostro y la del cuerpo”, no llegó a ver los efectos de la vejez sobre ella, pero sí mostró la inteligencia y sensibilidad que nunca dejó de albergar en el fondo de su ser.

A nivel escritural, es destacable una inteligencia fuera de lo normal (personalizada y original, con predominio de ligados, extendida, dinámica y espontánea, con puntuación adelantada, ligados altos, y muy progresiva). De hecho, la que se encontró con Einstein a finales de los años 40 y que hizo de hecho buenas migas con él tenía un coeficiente intelectual tan alto que superaba al propio Einstein, e incluso al mismísimo Stephen Hawking.

Pero además, si nos fijamos en la barra de sus “t”, proyectada a la derecha y afilada, nos encontramos con una personalidad arrasadora, dotada de perseverancia y de una iniciativa igualmente fuera de lo común. Pero, al ser tan larga, demuestra también que pecaba de impaciencia y que era presa de impulsos mal regulados. Estamos hablando de una mujer de armas tomar y segura de sí misma, más allá de los posibles complejos inconscientes que podía albergar en el fondo de su ser.

“Si no puedes lidiar conmigo en mi peor momento, definitivamente no me mereces en el mejor”. (Marilyn Monroe)

Asimismo, la altura y ampulosidad de sus mayúsculas delatan un indiscutible carisma que rompía moldes y le hacían protagonista allá donde fuera, más allá de su físico.

Las invasiones de renglones y los opulentos bucles que adornan su escritura nos muestran también a una persona ansiosa de estar con los demás, de alguna manera reclamando a gritos la atención de su entorno, más allá de las normas y de las etiquetas sociales, mediante una descomunal coquetería que ostentaba en un constante derroche de femineidad (véanse la “M” suya con ese enorme bucle).

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Pero si nos fijamos en su firma, destaca la claridad y legibilidad de la misma, así como su coherencia con el texto. Sin duda, se trataba de una persona no solo sincera y honesta, sino además sumamente transparente y coherente, que se mostraba tal como era en todos los ámbitos de su vida. No se solía andar por las ramas, ni se le ocurrió trepar por ellas, sino que más bien conocía con creces el enorme poder de seducción (no solo físico) y de influencia que ejercía sobre los demás y lo usó sin paños calientes en su propio interés. De hecho, la presencia de rasgos subterráneos en su escritura demuestra que tenía el talento de acaparar a los demás con sutileza, con el fin de conseguir sus propios intereses.

 

 

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Vemos igualmente en su forma de firmar ya un adelanto intelectual por su parte (siendo mujer), y por la época (mitad del siglo veinte): cuando decide firmar con sus apellidos de casada, elige hacer prevalecer el suyo propio, dejando en un discreto segundo lugar al mismo “Miller” que aparece detrás de “Monroe”. Sin duda, se valoraba muchísimo, bien por encima de los cánones sociales en vigor.

Frente a Marilyn, a lo mejor nos encontramos con un «genio loco», una persona cuyo nivel intelectual y cuya sensibilidad estaban muy por encima de los que le rodeaban. Demasiado guapa para ser tomada en serio, y demasiado inteligente para ser creíble.

Quizás por ello fuera presa de su propia genialidad, la cual no llegó a plasmar, pero que tenía sin la menor duda en su mente y su corazón. Seguramente fuera igualmente presa de una sociedad llena de prejuicios, y nada preparada para interactuar con una persona con tanto potencial y, al fin y al cabo, tan bella por dentro.

La imperfección es belleza, la locura es genial y es mejor ser absolutamente ridículo que absolutamente aburrido. (Marilyn Monroe)

Sandra Bruno (www.sandracbruno.com)

 

 

 

 

 

 

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